Seguiré esta
relación
aunque pa chorizo
es largo:
el que pueda
hágasé cargo
cómo andaría de
matrero,
después de salvar
el cuero
de aquel trance tan amargo.
Del sueldo nada
les cuento,
porque andaba
disparando;
nosotros, de
cuando en cuando
solíamos ladrar de
pobres:
nunca llegaban los
cobres
que se estaban aguardando.
Y andábamos de
mugrientos
que el mirarnos
daba horror;
les juro que era
un dolor
ver esos hombres,
¡por Cristo!
En mi perra vida
he visto
una miseria mayor.
Yo no tenía ni
camisa
ni cosa que se
parezca;
mis trapos solo pa
yesca
me podían servir
al fin...
No hay plaga como
un fortín
para que el hombre padezca.
Poncho, jergas, el
apero,
las prenditas, los
botones,
todo, amigo, en
los cantones
jué quedando poco
a poco;
ya nos tenían
medio loco
la pobreza y los ratones. […]
Y pa mejor hasta
el moro
se me jué de entre
las manos;
no soy lerdo...
pero, hermano,
vino el Comendante
un día
diciendo que lo
quería
“pa enseñarle a comer grano”.
Afigúresé
cualquiera
la suerte de este
su amigo,
a pie y mostrando
el umbligo,
estropiao, pobre y
desnudo.
Ni por castigo se
pudo
hacerse más mal conmigo.
Ansí pasaron los
meses,
y vino el año
siguiente,
y las cosas
igualmente
siguieron del
mismo modo:
adrede parece todo
para aburrir a la gente. […]
Yo me arrecosté a
un horcón
dando tiempo a que
pagaran,
y poniendo güena
cara
estuve haciéndomé
el poyo,
a esperar que me
llamaran
para recebir mi boyo.
Pero áhi me pude
quedar
pegao pa siempre
al horcón;
ya era casi la
oración
y ninguno me
llamaba;
la cosa se me
ñublaba
y me dentró comezón.
Pa sacarme el
entripao
vi al mayor, y lo
fí a hablar.
Yo me lo empecé a
atracar
y, como con poca
gana,
le dije: “Tal vez
mañana
acabarán de pagar”.
“—Qué mañana ni
otro día”,
al punto me
contestó,
“la paga ya se
acabó,
siempre has de ser
animal”.
Me rái y le dije:
“Yo...
no he recebido ni un rial”.
Se le pusieron los
ojos
que se le querían
salir,
y áhi no más
volvió a decir
comiéndomé con la
vista:
“—¿Y qué querés
recebir
si no has dentrao en la lista?”
“—Este sí que es
amolar”,
dije yo pa mis adentros,
“van dos años que
me encuentro
y hasta áura he visto ni un grullo;
dentro en todos
los barullos
pero en las listas no dentro”.
Vide el plaito mal
parao
y no quise
aguardar más...
Es güeno vivir en
paz
con quien nos ha
de mandar,
y reculando pa trás
me le empecé a retirar.
Supo todo el comendante
y me llamó al otro
día,
diciéndomé que
quería
aviriguar bien las
cosas...
que no era el
tiempo de Rosas,
que áura a naides se debía.
Llamó al cabo y al
sargento
y empezó la
indagación:
si había venido al
cantón
en tal tiempo o en
tal otro...
Y si había venido
en potro,
en reyuno o redomón.
Y todo era
alborotar
al ñudo y hacer
papel;
conocí que era
pastel
pa engordar con mi
guayaca;
mas si voy al
coronel
me hacen bramar en la estaca.
¡Ah hijos de
una!... ¡La codicia
ojalá les ruempa
el saco!
Ni un pedazo de
tabaco
le dan al pobre
soldao,
y lo tienen, de
delgao,
más ligero que un guanaco.
Pero qué iba a
hacerles yo,
charabón en el
desierto;
más bien me daba
por muerto
pa no verme más fundido
y me les hacía el
dormido
aunque soy medio dispierto.