Canto IV

Seguiré esta relación

aunque pa chorizo es largo:

el que pueda hágasé cargo

cómo andaría de matrero,

después de salvar el cuero

de aquel trance tan amargo.


Del sueldo nada les cuento,

porque andaba disparando;

nosotros, de cuando en cuando

solíamos ladrar de pobres:

nunca llegaban los cobres

que se estaban aguardando.


Y andábamos de mugrientos

que el mirarnos daba horror;

les juro que era un dolor

ver esos hombres, ¡por Cristo!

En mi perra vida he visto

una miseria mayor.


Yo no tenía ni camisa

ni cosa que se parezca;

mis trapos solo pa yesca

me podían servir al fin...

No hay plaga como un fortín

para que el hombre padezca.


Poncho, jergas, el apero,

las prenditas, los botones,

todo, amigo, en los cantones

jué quedando poco a poco;

ya nos tenían medio loco

la pobreza y los ratones. […]


Y pa mejor hasta el moro

se me jué de entre las manos;

no soy lerdo... pero, hermano,

vino el Comendante un día

diciendo que lo quería

“pa enseñarle a comer grano”.


Afigúresé cualquiera

la suerte de este su amigo,

a pie y mostrando el umbligo,

estropiao, pobre y desnudo.

Ni por castigo se pudo

hacerse más mal conmigo.


Ansí pasaron los meses,

y vino el año siguiente,

y las cosas igualmente

siguieron del mismo modo:

adrede parece todo

para aburrir a la gente. […]


Yo me arrecosté a un horcón

dando tiempo a que pagaran,

y poniendo güena cara

estuve haciéndomé el poyo,

a esperar que me llamaran

para recebir mi boyo.


Pero áhi me pude quedar

pegao pa siempre al horcón;

ya era casi la oración

y ninguno me llamaba;

la cosa se me ñublaba

y me dentró comezón.


Pa sacarme el entripao

vi al mayor, y lo fí a hablar.

Yo me lo empecé a atracar

y, como con poca gana,

le dije: “Tal vez mañana

acabarán de pagar”.


“—Qué mañana ni otro día”,

al punto me contestó,

“la paga ya se acabó,

siempre has de ser animal”.

Me rái y le dije: “Yo...

no he recebido ni un rial”.


Se le pusieron los ojos

que se le querían salir,

y áhi no más volvió a decir

comiéndomé con la vista:

“—¿Y qué querés recebir

si no has dentrao en la lista?”


“—Este sí que es amolar”,

dije yo pa mis adentros,

“van dos años que me encuentro

 y hasta áura he visto ni un grullo;

dentro en todos los barullos

pero en las listas no dentro”.


Vide el plaito mal parao

y no quise aguardar más...

Es güeno vivir en paz

con quien nos ha de mandar,

y reculando pa trás

me le empecé a retirar.


Supo todo el comendante

y me llamó al otro día,

diciéndomé que quería

aviriguar bien las cosas...

que no era el tiempo de Rosas,

que áura a naides se debía.


Llamó al cabo y al sargento

y empezó la indagación:

si había venido al cantón

en tal tiempo o en tal otro...

Y si había venido en potro,

en reyuno o redomón.


Y todo era alborotar

al ñudo y hacer papel;

conocí que era pastel

pa engordar con mi guayaca;

mas si voy al coronel

me hacen bramar en la estaca.


¡Ah hijos de una!... ¡La codicia

ojalá les ruempa el saco!

Ni un pedazo de tabaco

le dan al pobre soldao,

y lo tienen, de delgao,

más ligero que un guanaco.


Pero qué iba a hacerles yo,

charabón en el desierto;

más bien me daba por muerto

pa no verme más fundido

y me les hacía el dormido

aunque soy medio dispierto.