Matreriando lo pasaba
y a las casas no
venía;
solía arrimarme de
día
mas, lo mesmo que
el carancho,
siempre estaba
sobre el rancho
espiando a la polecía. […]
Y al campo me iba
solito,
más matrero que el
venao,
como perro
abandonao,
a buscar una
tapera,
o en alguna
vizcachera
pasar la noche tirao. […]
Me encontraba,
como digo,
en aquella soledá,
entre tanta
escuridá,
echando al viento
mis quejas,
cuando el grito
del chajá
me hizo parar las orejas. […]
“Vos sos un gaucho
matrero”,
dijo uno,
haciéndosé el güeno.
“Vos matastes un
moreno
y otro en una
pulpería,
y aquí está la
polecía
que viene a ajustar tus cuentas;
te va a alzar por
las cuarenta
si te resistís hoy día.” […]
Pero no aguardaron
más
y se apiaron en
montón;
como a perro
cimarrón
me rodiaron entre
tantos;
yo me encomendé a
los santos,
y eché mano a mi facón. […]
Pegué un brinco y
entre todos
sin miedo me
entreveré;
hecho ovillo me
quedé
y ya me cargó una
yunta,
y por el suelo la
punta
de mi facón les jugué. […]
Tal vez en el
corazón
lo tocó un santo
bendito
a un gaucho, que
pegó el grito
y dijo: “¡Cruz no
consiente
que se cometa el
delito
de matar ansí a un valiente!”
Y áhi no más se me
aparió,
dentrándolé a la
partida;
yo les hice otra
embestida
pues entre dos era
robo;
y el Cruz era como
lobo
que defiende su guarida.
Uno despachó al
infierno
de dos que lo
atropellaron;
los demás
remoliniaron,
pues íbamos a la
fija,
y a poco andar
dispararon
lo mesmo que sabandija.
Áhi quedaron largo
a largo
los que estiraron
la jeta;
otro iba como
maleta,
y Cruz de atrás
les decía:
“Que venga otra
polecía
a llevarlos en carreta”.
Yo junté las
osamentas,
me hinqué y les
recé un bendito;
hice una cruz de
un palito
y pedí a mi Dios
clemente
me perdonara el
delito
de haber muerto tanta gente.
Dejamos amontonaos
a los pobres que
murieron;
no sé si los
recogieron,
porque nos fimos a
un rancho,
o si tal vez los
caranchos
áhi no más se los comieron. […]
Calentamos los
gargueros
y nos largamos muy
tiesos,
siguiendo siempre los
besos
al pichel, y por
más señas,
íbamos como
cigüeñas
estirando los pescuezos.
“Yo me voy”, le
dije, “amigo,
donde la suerte me
lleve,
y si es que alguno
se atreve,
a ponerse en mi
camino,
yo seguiré mi destino,
que el hombre hace lo que debe. […]