Canto IX

 Matreriando lo pasaba

y a las casas no venía;

solía arrimarme de día

mas, lo mesmo que el carancho,

siempre estaba sobre el rancho

espiando a la polecía. […]


Y al campo me iba solito,

más matrero que el venao,

como perro abandonao,

a buscar una tapera,

o en alguna vizcachera

pasar la noche tirao. […]


Me encontraba, como digo,

en aquella soledá,

entre tanta escuridá,

echando al viento mis quejas,

cuando el grito del chajá

me hizo parar las orejas. […]


“Vos sos un gaucho matrero”,

dijo uno, haciéndosé el güeno.

“Vos matastes un moreno

y otro en una pulpería,

y aquí está la polecía

que viene a ajustar tus cuentas;

te va a alzar por las cuarenta

si te resistís hoy día.” […]


Pero no aguardaron más

y se apiaron en montón;

como a perro cimarrón

me rodiaron entre tantos;

yo me encomendé a los santos,

y eché mano a mi facón. […]


Pegué un brinco y entre todos

sin miedo me entreveré;

hecho ovillo me quedé

y ya me cargó una yunta,

y por el suelo la punta

de mi facón les jugué. […]


Tal vez en el corazón

lo tocó un santo bendito

a un gaucho, que pegó el grito

y dijo: “¡Cruz no consiente

que se cometa el delito

de matar ansí a un valiente!”


Y áhi no más se me aparió,

dentrándolé a la partida;

yo les hice otra embestida

pues entre dos era robo;

y el Cruz era como lobo

que defiende su guarida.


Uno despachó al infierno

de dos que lo atropellaron;

los demás remoliniaron,

pues íbamos a la fija,

y a poco andar dispararon

lo mesmo que sabandija.


Áhi quedaron largo a largo

los que estiraron la jeta;

otro iba como maleta,

y Cruz de atrás les decía:

“Que venga otra polecía

a llevarlos en carreta”.


Yo junté las osamentas,

me hinqué y les recé un bendito;

hice una cruz de un palito

y pedí a mi Dios clemente

me perdonara el delito

de haber muerto tanta gente.


Dejamos amontonaos

a los pobres que murieron;

no sé si los recogieron,

porque nos fimos a un rancho,

o si tal vez los caranchos

áhi no más se los comieron. […]


Calentamos los gargueros

y nos largamos muy tiesos,

siguiendo siempre los besos

al pichel, y por más señas,

íbamos como cigüeñas

estirando los pescuezos.


“Yo me voy”, le dije, “amigo,

donde la suerte me lleve,

y si es que alguno se atreve,

a ponerse en mi camino,

yo seguiré mi destino,

que el hombre hace lo que debe. […]