Canto VI

 […] Volvía al cabo de tres años

de tanto sufrir al ñudo,

resertor, pobre y desnudo,

a procurar suerte nueva,

y lo mesmo que el peludo

enderecé pa mi cueva.


No hallé ni rastro del rancho;

¡solo estaba la tapera!

¡Por Cristo, si aquello era

pa enlutar el corazón;

yo juré en esa ocasión

ser más malo que una fiera! […]


Al dirme dejé la hacienda

que era todito mi haber.

Pronto debíamos volver,

según el Juez prometía,

y hasta entonces cuidaría

de los bienes la mujer.


Después me contó un vecino

que el campo se lo pidieron,

la hacienda se la vendieron

pa pagar arrendamientos,

y qué sé yo cuántos cuentos;

pero todo lo fundieron.


Los pobrecitos muchachos

entre tantas afliciones

se conchabaron de piones;

¡mas qué iban a trabajar,

si eran como los pichones

sin acabar de emplumar!


Por áhi andarán sufriendo

de nuestra suerte el rigor:

me han contado que el mayor

nunca dejaba a su hermano;

puede ser que algún cristiano

los recoja por favor.


Y la pobre mi mujer

Dios sabe cuánto sufrió.

Me dicen que se voló

con no sé qué gavilán,

sin duda a buscar el pan

que no podía darle yo. […].


Yo he sido manso, primero,

y seré gaucho matrero

en mi triste circunstancia,

aunque es mi mal tan projundo;

nací y me he criao en estancia,

pero ya conozco el mundo.


Ya le conozco sus mañas,

le conozco sus cucañas,

sé cómo hacen la partida,

la enriedan y la manejan:

deshaceré la madeja

aunque me cueste la vida.


Y aguante el que no se anime

a meterse en tanto engorro,

o si no aprétesé el gorro

o para otra tierra emigre;

pero yo ando como el tigre

que le roban los cachorros.


Aunque muchos cren que el gaucho

tiene un alma de reyuno,

no se encontrará ninguno

que no lo dueblen las penas;

mas no debe aflojar uno

mientras hay sangre en las venas.