[…] Volvía al cabo de tres años
de tanto sufrir al
ñudo,
resertor, pobre y
desnudo,
a procurar suerte
nueva,
y lo mesmo que el
peludo
enderecé pa mi cueva.
No hallé ni rastro
del rancho;
¡solo estaba la
tapera!
¡Por Cristo, si
aquello era
pa enlutar el
corazón;
yo juré en esa
ocasión
ser más malo que una fiera! […]
Al dirme dejé la
hacienda
que era todito mi
haber.
Pronto debíamos
volver,
según el Juez
prometía,
y hasta entonces
cuidaría
de los bienes la mujer.
Después me contó
un vecino
que el campo se lo
pidieron,
la hacienda se la
vendieron
pa pagar
arrendamientos,
y qué sé yo
cuántos cuentos;
pero todo lo fundieron.
Los pobrecitos
muchachos
entre tantas
afliciones
se conchabaron de
piones;
¡mas qué iban a
trabajar,
si eran como los
pichones
sin acabar de emplumar!
Por áhi andarán
sufriendo
de nuestra suerte
el rigor:
me han contado que
el mayor
nunca dejaba a su
hermano;
puede ser que
algún cristiano
los recoja por favor.
Y la pobre mi
mujer
Dios sabe cuánto
sufrió.
Me dicen que se
voló
con no sé qué
gavilán,
sin duda a buscar
el pan
que no podía darle yo. […].
Yo he sido manso,
primero,
y seré gaucho
matrero
en mi triste
circunstancia,
aunque es mi mal
tan projundo;
nací y me he criao
en estancia,
pero ya conozco el mundo.
Ya le conozco sus
mañas,
le conozco sus
cucañas,
sé cómo hacen la
partida,
la enriedan y la
manejan:
deshaceré la
madeja
aunque me cueste la vida.
Y aguante el que
no se anime
a meterse en tanto
engorro,
o si no aprétesé
el gorro
o para otra tierra
emigre;
pero yo ando como
el tigre
que le roban los cachorros.
Aunque muchos cren
que el gaucho
tiene un alma de
reyuno,
no se encontrará
ninguno
que no lo dueblen
las penas;
mas no debe aflojar uno
mientras hay sangre en las venas.