Canto VIII

 Otra vez en un boliche

estaba haciendo la tarde;

cayó un gaucho que hacía alarde

de guapo y de peliador.


A la llegada metió

el pingo hasta la ramada;

y yo sin decirle nada

me quedé en el mostrador.


Era un terne de aquel pago

que naides lo reprendía,

que sus enriedos tenía

con el señor Comendante.


Y como era protegido,

andaba muy entonao

y a cualquiera desgraciao

lo llevaba por delante. […]


Se tiró al suelo; al dentrar

le dio un empeyón a un vasco

y me alargó un medio frasco

diciendo: “Beba, cuñao”.

“Por su hermana”, contesté,

“que por la mía no hay cuidao”.


“¡Ah, gaucho!”, me respondió.

“¿De qué pago será criollo?

Lo andará buscando el hoyo,

deberá tener güen cuero;

pero ande bala este toro

no bala ningún ternero.”


Y ya salimos trenzaos,

porque el hombre no era lerdo;

mas como el tino no pierdo

y soy medio ligerón,

lo dejé mostrando el sebo

de un revés con el facón.


Y como con la justicia

no andaba bien por allí,

cuanto pataliar lo vi

y el pulpero pegó el grito,

ya pa el palenque salí

como haciéndomé el chiquito.


Monté y me encomendé a Dios,

rumbiando para otro pago;

que el gaucho que llaman vago

no puede tener querencia,

y ansí de estrago en estrago

vive yorando la ausencia.


Él anda siempre juyendo,

siempre pobre y perseguido;

no tiene cueva ni nido,

como si juera maldito;

porque el ser gaucho… ¡barajo!

el ser gaucho es un delito. […].