Otra vez en un boliche
estaba haciendo la
tarde;
cayó un gaucho que
hacía alarde
de guapo y de
peliador.
A la llegada metió
el pingo hasta la
ramada;
y yo sin decirle
nada
me quedé en el mostrador.
Era un terne de
aquel pago
que naides lo
reprendía,
que sus enriedos
tenía
con el señor Comendante.
Y como era
protegido,
andaba muy entonao
y a cualquiera
desgraciao
lo llevaba por delante. […]
Se tiró al suelo;
al dentrar
le dio un empeyón
a un vasco
y me alargó un
medio frasco
diciendo: “Beba, cuñao”.
“Por su hermana”,
contesté,
“que por la mía no hay cuidao”.
“¡Ah, gaucho!”, me
respondió.
“¿De qué pago será
criollo?
Lo andará buscando
el hoyo,
deberá tener güen
cuero;
pero ande bala
este toro
no bala ningún ternero.”
Y ya salimos
trenzaos,
porque el hombre
no era lerdo;
mas como el tino
no pierdo
y soy medio
ligerón,
lo dejé mostrando
el sebo
de un revés con el facón.
Y como con la
justicia
no andaba bien por
allí,
cuanto pataliar lo
vi
y el pulpero pegó
el grito,
ya pa el palenque
salí
como haciéndomé el chiquito.
Monté y me
encomendé a Dios,
rumbiando para
otro pago;
que el gaucho que
llaman vago
no puede tener
querencia,
y ansí de estrago
en estrago
vive yorando la ausencia.
Él anda siempre
juyendo,
siempre pobre y
perseguido;
no tiene cueva ni
nido,
como si juera
maldito;
porque el ser
gaucho… ¡barajo!
el ser gaucho es
un delito. […].