Canto X

CRUZ […]


Amigazo, pa sufrir

han nacido los varones;

estas son las ocasiones

de mostrarse un hombre juerte,

hasta que venga la muerte

y lo agarre a coscorrones. […]


Yo también tuve una pilcha

que me enllenó el corazón,

y si en aquella ocasión

alguien me hubiera buscao,

siguro que me habría hallao

más prendido que un botón.


En la güella del querer

no hay animal que se pierda;

las mujeres no son lerdas

y todo gaucho es dotor

si pa cantarle al amor

tiene que templar las cuerdas. […]


Grandemente lo pasaba

con aquella prenda mía

viviendo con alegría

como la mosca en la miel.

¡Amigo, qué tiempo aquél!

¡La pucha que la quería!


Era la águila que a un árbol

dende las nubes bajó,

era más linda que el alba

cuando va rayando el sol,

era una flor deliciosa

que entre el trebolar creció.


Pero, amigo, el comendante

que mandaba la milicia,

como que no desperdicia

se fue refalando a casa:

yo le conocí en la traza

que el hombre traiba malicia.


Él me daba voz de amigo,

pero no le tenía fe.

Era el jefe y, ya se ve,

no podía competir yo;

en mi rancho se pegó

lo mesmo que saguaipé.


A poco andar conocí

que ya me había desbancao,

y él siempre muy entonao,

aunque sin darme ni un cobre,

me tenía de lao a lao

como encomienda de pobre.


A cada rato, de chasque

me hacía dir a gran distancia;

ya me mandaba a una estancia,

ya al pueblo, ya a la frontera;

pero él en la comendancia

no ponía los pies siquiera.


Es triste a no poder más

el hombre en su padecer,

si no tiene una mujer

que lo ampare y lo consuele:

mas pa que otro se la pele

lo mejor es no tener.


No me gusta que otro gallo

le cacaree a mi gallina.

Yo andaba ya con la espina,

hasta que en una ocasión

lo solprendí en el jogón

abrazándomé a la china.


Tenía el viejito una cara

de ternero mal lamido,

y al verlo tan atrevido

le dije: “Que le aproveche;

que había sido pa el amor

como guacho pa la leche”.


Peló la espada y se vino

como a quererme ensartar,

pero yo sin tutubiar

le volví al punto a decir:

—“Cuidao no te vas a pér... tigo,

poné cuarta pa salir”.


Un puntazo me largó

pero el cuerpo le saqué

y en cuanto se lo quité,

para no matar un viejo,

con cuidao, medio de lejo,

un planaso le asenté.


Y como nunca al que manda

le falta algún adulón,

uno que en esa ocasión

se encontraba allí presente

vino apretando los dientes

como perrito mamón.


Me hizo un tiro de revuélver

que el hombre creyó siguro,

era confiao y le juro

que cerquita se arrimaba,

pero siempre en un apuro

se desentumen mis tabas.


Él me siguió menudiando

mas sin poderme acertar,

y yo, déle culebriar,

hasta que al fin le dentré

y áhi no más lo despaché

sin dejarlo resollar.


Dentré a campiar en seguida

al viejito enamorao.

El pobre se había ganao

en un noque de lejía.

¡Quién sabe cómo estaría

del susto que había llevao!


¡Es sonso el cristiano macho

cuando el amor lo domina!

Él la miraba a la indina,

y una cosa tan jedionda

sentí yo, que ni en la fonda

he visto tal jedentina.


Y le dije: —“Pa su agüela

han de ser esas perdices”.

Yo me tapé las narices,

y me salí estornudando,

y el viejo quedó olfatiando

como chico con lumbrices.


Cuando la mula recula,

señal que quiere cociar;

ansí se suele portar

aunque ella lo disimula:

recula como la mula

la mujer, para olvidar.


Alcé mi poncho y mis prendas

y me largué a padecer

por culpa de una mujer

que quiso engañar a dos.

Al rancho le dije adiós

para nunca más volver.


Las mujeres dende entonces

conocí a todas en una.

Ya no he de probar fortuna

con carta tan conocida:

mujer y perra parida,

no se me acerca ninguna.