CRUZ […]
Amigazo, pa sufrir
han nacido los
varones;
estas son las
ocasiones
de mostrarse un
hombre juerte,
hasta que venga la
muerte
y lo agarre a coscorrones. […]
Yo también tuve
una pilcha
que me enllenó el
corazón,
y si en aquella
ocasión
alguien me hubiera
buscao,
siguro que me
habría hallao
más prendido que un botón.
En la güella del
querer
no hay animal que
se pierda;
las mujeres no son
lerdas
y todo gaucho es
dotor
si pa cantarle al
amor
tiene que templar las cuerdas. […]
Grandemente lo
pasaba
con aquella prenda
mía
viviendo con
alegría
como la mosca en
la miel.
¡Amigo, qué tiempo
aquél!
¡La pucha que la quería!
Era la águila que
a un árbol
dende las nubes
bajó,
era más linda que
el alba
cuando va rayando
el sol,
era una flor
deliciosa
que entre el trebolar creció.
Pero, amigo, el comendante
que mandaba la
milicia,
como que no
desperdicia
se fue refalando a
casa:
yo le conocí en la
traza
que el hombre traiba malicia.
Él me daba voz de
amigo,
pero no le tenía
fe.
Era el jefe y, ya
se ve,
no podía competir
yo;
en mi rancho se
pegó
lo mesmo que saguaipé.
A poco andar
conocí
que ya me había
desbancao,
y él siempre muy
entonao,
aunque sin darme
ni un cobre,
me tenía de lao a
lao
como encomienda de pobre.
A cada rato, de
chasque
me hacía dir a
gran distancia;
ya me mandaba a
una estancia,
ya al pueblo, ya a
la frontera;
pero él en la
comendancia
no ponía los pies siquiera.
Es triste a no
poder más
el hombre en su
padecer,
si no tiene una
mujer
que lo ampare y lo
consuele:
mas pa que otro se
la pele
lo mejor es no tener.
No me gusta que
otro gallo
le cacaree a mi
gallina.
Yo andaba ya con
la espina,
hasta que en una
ocasión
lo solprendí en el
jogón
abrazándomé a la china.
Tenía el viejito
una cara
de ternero mal
lamido,
y al verlo tan
atrevido
le dije: “Que le
aproveche;
que había sido pa
el amor
como guacho pa la leche”.
Peló la espada y
se vino
como a quererme
ensartar,
pero yo sin
tutubiar
le volví al punto
a decir:
—“Cuidao no te vas
a pér... tigo,
poné cuarta pa salir”.
Un puntazo me
largó
pero el cuerpo le
saqué
y en cuanto se lo
quité,
para no matar un
viejo,
con cuidao, medio
de lejo,
un planaso le asenté.
Y como nunca al
que manda
le falta algún
adulón,
uno que en esa
ocasión
se encontraba allí
presente
vino apretando los
dientes
como perrito mamón.
Me hizo un tiro de revuélver
que el hombre
creyó siguro,
era confiao y le
juro
que cerquita se
arrimaba,
pero siempre en un
apuro
se desentumen mis tabas.
Él me siguió
menudiando
mas sin poderme
acertar,
y yo, déle
culebriar,
hasta que al fin
le dentré
y áhi no más lo
despaché
sin dejarlo resollar.
Dentré a campiar
en seguida
al viejito
enamorao.
El pobre se había
ganao
en un noque de
lejía.
¡Quién sabe cómo
estaría
del susto que había llevao!
¡Es sonso el
cristiano macho
cuando el amor lo
domina!
Él la miraba a la
indina,
y una cosa tan
jedionda
sentí yo, que ni
en la fonda
he visto tal jedentina.
Y le dije: —“Pa su
agüela
han de ser esas
perdices”.
Yo me tapé las
narices,
y me salí
estornudando,
y el viejo quedó
olfatiando
como chico con lumbrices.
Cuando la mula
recula,
señal que quiere
cociar;
ansí se suele
portar
aunque ella lo
disimula:
recula como la
mula
la mujer, para olvidar.
Alcé mi poncho y
mis prendas
y me largué a
padecer
por culpa de una
mujer
que quiso engañar
a dos.
Al rancho le dije
adiós
para nunca más volver.
Las mujeres dende
entonces
conocí a todas en
una.
Ya no he de probar
fortuna
con carta tan
conocida:
mujer y perra parida,
no se me acerca ninguna.