Después de aquella desgracia
me guarecí en los
pajales,
anduve entre los
cardales
como bicho sin
guarida;
pero, amigo, es
esa vida
como vida de animales.
Y son tantas las
miserias
en que me he
sabido ver,
que con tanto
padecer
y sufrir tanta
aflición
malicio que he de
tener
un callo en el corazón.
Ansí andaba como gaucho
cuando pasa el
temporal.
Supe una vez, pa
mi mal,
de una milonga que
había,
y ya pa la
pulpería
enderecé mi bagual.
Era la casa del
baile
un rancho de mala
muerte
y se enllenó de
tal suerte
que andábamos a
empujones:
nunca faltan
encontrones
cuando el pobre se divierte. […]
Con gato y con
fandanguillo
había empezao el
changango
y para ver el
fandango
me colé haciéndomé
bola;
mas metió el
diablo la cola
y todo se volvió pango.
Había sido el
guitarrero
un gaucho duro de
boca.
Yo tengo pacencia
poca
pa aguantar cuando
no debo:
a ninguno me le
atrevo
pero me halla el que me toca.
A bailar un
pericón
con una moza salí,
y cuanto me vido
allí
sin duda me
conoció
y estas coplitas
cantó
como por ráirse de mí:
“Las mujeres son
todas
como las mulas;
yo no digo que
todas,
pero hay algunas
que a las aves que
vuelan
les sacan plumas.”
“Hay gauchos que
presumen
de tener damas;
no digo que
presumen,
pero se alaban,
y a lo mejor los
dejan
tocando tablas.”
Se secretiaron las
hembras
y yo ya me
encocoré;
volié la anca y le
grité:
“Dejá de cantar...
chicharra”.
Y de un tajo a la
guitarra
tuitas las cuerdas corté.
Al grito salió de
adentro
un gringo con un
jusil;
pero nunca he sido
vil,
poco el peligro me
espanta:
ya me refalé la
manta
y la eché sobre el candil.
Gané en seguida la
puerta
gritando: “Naides
me ataje”;
y alborotao el
hembraje
lo que todo quedó
escuro,
empezó a verse en
apuro
mesturao con el gauchaje.
El primero que
salió
fue el cantor y se
me vino,
pero yo no pierdo
el tino
aunque haiga tomao
un trago,
y hay algunos por
mi pago
que me tienen por ladino.
No ha de haber
achocao otro;
le salió cara la
broma;
a su amigo cuando
toma
se le despeja el
sentido,
y el pobrecito
había sido
como carne de paloma.
Para prestar sus
socorros
las mujeres no son
lerdas:
antes que la
sangre pierda
lo arrimaron a
unas pipas.
Áhi lo dejé con
las tripas
como pa que hiciera cuerdas.
Monté y me largué
a los campos
más libre que el
pensamiento,
como las nubes al
viento,
a vivir sin
paradero;
que no tiene el que es matrero
nido, ni rancho, ni asiento. […]